Tarde fría, gris y lluviosa. Bendita el agua que descendía mansa sobre el valle que abraza al Agua y al Viento, como si Santa Ana velara en silencio los latidos del barrio.
Era el primer dieciséis del año, y María, la del Santo Escapulario, entre las manos se despedía de sus fieles con la humildad de lo eterno.
Sencilla, austera y discreta.
Devoción antigua, casi dormida entre rezos gastados, que aguarda los albores de julio para ceñirse la corona invisible y ser Reina para siempre, bajo la sombra maternal de Santa Ana, en el corazón cofrade del barrio.
Virgen del Carmen, no tardes en volver que los carmelitas te aguardamos a poder, de nuevo, ver.
Gloria y Flor del Carmelo, ruega por nosotros.
Paz y Bien.