domingo, 20 de junio de 2010

Recordando a un amigo.

Recordar a los que físicamente no se hayen entre nosotros, es una forma de resucitar aquellas vivencias pasadas...

Sirvan hoy, querido, añorado y amigo, Eduardo, estas sencillas palabras para homenajear de un modo u otro la misión tan grande que hizo por la Iglesia y por el pueblo de Guadalcanal, amén de la confianza depositada en tus "niños" para dar sentido a la Pascua de Resurrección, hasta entoces devaluada por determinadas circustancias.

Han cambiado mucho las cosas desde que partiste al lugar donde se entronizan los santos, más que nada, por que tu eres otro hombre santo que dabas todo lo que buenamente podáis sin pedir nada a cambio. La esencia que impregnaste a los "niños del resucitado" permanecerá presente siempre pase lo que pase.

Son tantas y tantas experiencias, buenas, no tan buenas que hemos vivido contigo que se me hace imposible recopirlas en unos cuantos párrafos.

En cualquier instante, cuando alguien pronuncie tu nombre, se acuerde de ti te asomaras desde el balcón del cielo y bendecirás una vez más al pueblo de Guadalcanal.

2 comentarios:

  1. En el recuerdo al padre Eduardo pocos días después de terminado el ciclo que la Iglesia Católica ha dedicado a los sacerdotes, me gustaría pedir ayuda a este hombre santo para los presbíeros que lo han sido después; hombres jóvenes en su mayoría, que han dedicado varios años de sus vidas a prepararse para poder servir adecuadamente a la comunidad parroquial donde ejerzan su ministerio sacerdotal. Ministerio que, en todos los casos, estará definido y delimitado por el Magisterio de la Iglesia y la tradición apostólica. D. Juan Carlos de la Rosa es un hombre joven, como vosotros, pero también es un sucesor de los apóstoles, una persona que ha decidido partirse y repartirse siguiendo a aquel que dijo que no había un amor más grande que el de aquel que daba la vida por sus amigos.
    Y teniendo en cuenta las palabras de Jesús asegurando que el deseo de Dios era que todos fuésemos uno como el Padre y Él eran Uno, creo que no es demasiado arriesgado asegurar que nuestro querido padre Eduardo, allá donde esté, se alegrará en la misma medida en la que estemos cercanos a nuestro párroco.

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